El psicoanálisis y sus vicisitudes

Alejandro Razé, APA

Como a todos los hombres nos tocó un momento difícil, diría Jorge Luis Borges. En cada época a los “sujetos contemporáneos” los atraviesan diferentes demandas y conflictos. Es innegable que el propio éxito cultural del psicoanálisis abrió enormes posibilidades, muchos interrogantes y puso en apuro creencias que se pensaban incuestionables. Desde su emergencia las formulaciones freudianas modelaron la esfera de la vida anímica. Entre muchas consecuencias el psicoanálisis abrió un campo de pensamiento sobre la vida acotando la influencia tanto del Estado como del sistema de producción. En esa franja se fueron extendiendo las posibilidades de autonomía: los psicoanalista se ocuparon de la sexualidad, la crianza, el amor, las pasiones, la creatividad, la guerra , la cultura, y tantos temas humanos que luego fueron tematizados por el resto de las disciplinas de una forma diferente a partir de los aportes de la teoría y práctica psicoanalítica.

A favor o en contra la influencia de Freud se hizo ineludible en todo aquel que haya compartido el estudio de la esfera donde lo biológico y la cultura se atraviesan ¿Hasta los adversarios pueden ser considerados freudianos? Tal vez. Y sin embargo en muchos círculos psicoanalíticos se viven las cuestiones contemporáneas con una añoranza de un pasado más esplendoroso tanto de los sujetos como de la disciplina.

Por otra parte también encontramos una gran cantidad de psicoanalistas que proponen tomar los desafíos presentes sin esa nostalgia. ¿Acaso no estamos convencidos que lo decepcionante e inquietante son manifestaciones del inconsciente? Son estas irrupciones poderosas fuerzas que mueven la actividad analítica y las que generalmente promueven sus avances más osados.

Invitado a escribir en esta revista de nuestra época y con esa premisa me pareció pertinente compartir un ejercicio epistemológico: Durante el año 2015 y 2016 desarrollé una pesquisa junto a la Dra. Paula Sibilia en Brasil y la Argentina. El pensamiento analítico se cruzó en dialogo con las Ciencias Sociales. Se abordaron ciertos cambios que se destacan en la discusión sobre las subjetividades en la sociedad contemporánea. Se centró el foco en divisar las marcas de esas transformaciones tanto en la teoría psicoanalítica como en su práctica terapéutica.

Entre múltiples temas se subrayaron la proliferación de “personalidades narcisistas”; nuevas formas de concebir a la alteridad y al lugar del otro en la experiencia individual, la exhibición de la intimidad , el ideal de optimización frente a la antigua normalidad, la relación de la culpa y la vergüenza , así como cierta pérdida de la hegemonía de la interioridad y su relación con el estímulo a la visibilidad. Aquellos interesados en ese trabajo pueden profundizarlo visitando la página.

Esa exploración se concentró en la perspectiva que los psicoanalistas tienen sobre temas muy problematizados por las Ciencias Sociales. Nos importaba mostrar la vitalidad que tiene el psicoanálisis en ambos países. También la interacción profunda que éste posee con las Ciencias Sociales, como con otras disciplinas científicas, y que esta producción se abriera a un público amplio. También nos comprometió la reflexión psicoanalítica como un pensamiento que no puede prescindir de su práctica.

Este hincapié en la clínica se da en un contexto donde justamente la Medicina pareciera ceder frente al sufrimiento y el malestar por los avances en su comprensión biológica (Conocimiento que celebramos e incorporamos). Los médicos, como todos los habitantes de este tiempo, pueden estar muy seducidos en esa dirección: Permanecer como mediadores entre la demanda de los pacientes y la oferta de la Tecno Ciencia. Una Uberización que dejaría más vacante aún el lugar de la clínica como lo conocimos hasta ahora.

Recordemos que el psicoanálisis tiene esa preciada herencia de la Modernidad: La clínica, que centró como causa del padecimiento a los pacientes singulares. Repensemos entonces que esta práctica se encuadra en un tiempo donde se alientan redefiniciones ya no sólo de las nociones de salud y enfermedad sino de las propias formas de entender los contornos de lo “humano” y que esto pone en cuestión los límites entre naturaleza y cultura. Vaya si esto no nos obliga a investigar y trabajar en nuestra comprensión del psiquismo y sus ampliaciones.

Un hecho bastante evidente es que todas estas transformaciones modelan los discursos sobre el sufrimiento humano. ¿Y qué decir del desmoronamiento de las grandes narraciones de naturaleza religiosa, política o histórica? Es innegable que esta declinación estimuló una secuencia que traería por un lado la paulatina secularización de la sociedad y por el otro confirió a la ciencia un sitio que podría acercarla a ser un discurso totalizante en la medida que se esfuerce por excluir los aporte del psicoanálisis.

El psicoanálisis configuró una forma de dar cuenta de la existencia muy particular. Siempre encarnó esta experiencia en la materialidad del cuerpo y la cruzó con la cultura como parte integrante del psiquismo. La teoría freudiana es esa amalgama sobresaliente. Es innegable que cuerpo y cultura han sufrido importantes modificaciones. Todo el territorio que abre el dominio de lo biológico y sus implicancias en la vida social y las identidades son enormes. También el impacto de la tecnología en la constitución subjetiva, en los mundos que abre y en las alienaciones que modela.

Esta irrupción de lo biológico como única fuente de sentido reactiva también la noción de conflicto. Es bastante evidente la cantidad de manifestaciones tanto en la experiencia subjetiva como en los fenómenos sociales del vigor del malestar. Al fin y al cabo la idea freudiana de que la cultura es del orden del síntoma sigue siendo una invitación tentadora. Ante lo fascinante de las ampliaciones que aportan los conocimiento y su potencia sobre las leyes de la materia es muy oportuno seguir insistiendo en enunciar el efecto vano y esterilizante que esta centralidad tiene si expulsa la puja pulsional como fuente de sufrimiento. En ese sentido es posible que encontremos una similitud frente a la situación que conoció el psicoanálisis es su inicio. Esto podría reforzar su actualidad. Es evidentes que los apremios incesantemente que se le imponen a los sujetos quedan desechados por esta invasión que intenta silenciar todo dilema. En esta variación el sufrimiento psíquico se explicita más en las expectativas del rendimiento. La exteriorización se presenta como incompetencia o disfunción con la ilusión de que todo malestar puede ser suprimido y erradicado de la “buena vida”. Cualquier emergencia del problema es una evidencia de falencia.

La acumulación de conocimientos basados en la experiencia clínica psicoanalítica fueron muchos y de gran riqueza. Solo mencionar la amplitud de posibilidades que fue extender la concepción a los aportes post freudianos en la relación de objeto con su impacto en la visión intersubjetiva. También las variables que seguramente se juegan en todo análisis en cuanto a las distintas lógicas en juego: lógica de la unidad (del narcisismo), del par (madre-bebe), de lo transicional (de la ilusión y lo potencial), de lo triangular (de la estructura edípica). En sus nuevas formulaciones el psicoanálisis pone de relieve crisis que se producen también por sus propias ampliaciones. Esto es fuente de contrariedades y requiere esfuerzos teóricos y clínicos que como dijimos son los que provocan el vigor de la disciplina. (Green). Todas estas extensiones permiten pensar también a la cultura con un patrimonio mayor.

¿Puede un analista evitar el esfuerzo de imbricarse en la cultura y las discusiones de cada época? Hallo imposible esa alternativa. Como también supongo que mantener vigente cualquier deseo implica duelos en la medida que obliga a abandonar la ligadura frente a los objetos primordiales. Esto permite dar un crecimiento a los propios analistas. Y tal vez podemos evaluar cierto progreso, pidiendo disculpas a aquellos que este concepto les desagrada, en la medida en que el psicoanálisis y cada analista amplía su capacidad de representación, ficcional y creativa. Coincido con Kristeva cuando sugiere que lo que convoca, problematiza y desburocratiza la práctica es ese intento de ampliar los límites del analista (Kristeva).

¿Son estos diálogos como el que llevamos a cabo en la experiencia desarrollada en Brasil y Argentina promotores de esa extensión? Este es un caso entre muchas iniciativas que se observan en ambos países. Me atrae la idea de que estas contribuciones se plasmarían en una mayor capacidad para inscribir las pulsiones como actos representables. Sería un camino por el cual podemos enriquecer nuestro lenguaje ¿Permite esa permeabilidad mejorar el uso de la simbolización? Apostamos por ello.

Una observación que no podemos soslayar: Aún con interés genuino, disposición y conocimiento de muchos analistas en otras esferas del saber el dialogo con otras ciencias se topa, en muchas ocasiones, con una ignorancia cerrada sobre el psiquismo. Sin usar la resistencia como muletilla o defensa, sigue siendo muy ardua la tarea de traspasar ese engreimiento producto del desconocimiento en que se escudan muchos integrantes de las disciplinas con las que dialogamos. Y aún a sabiendas de ese peligro, sostener esa tensión y malestar, evitando una caparazón disciplinar, es inherente al avance del psicoanálisis.

¿Acaso no es donde basamos nuestra apuesta clínica, y podríamos decir sin equivocarnos de la humanidad, al destino que el psiquismo y la cultura le den a la pulsión? El mundo humano es la medida en que esta encuentre formas de representación !Que alcance cobra esto en esta edad geológica llamada Antropoceno!

El ejercicio de nuestra práctica se realiza entre esferas. En una intersección entre biológico y cultura, entre filogenia y ontogenia, entre la curación y la creación de espacios sociales. La extensión del psicoanálisis es la del psiquismo y nuestra labor clínica, como nuestra inserción cultural, engendra y amplía el lienzo psíquico. Aumenta la trama para que se expresen con mayor fortuna las pulsiones.

En un intercambio una colega escudriñaba sobre si esa opinada disminución de la “densidad existencial” de nuestra época de fugacidades era una realmente desventaja o un beneficio. Siempre hubo y habrá claros y oscuros. Admitimos que nuestra tarea ambiciona acrecentar la riqueza del psiquismo: la de los pacientes, la de los analistas y la de la cultura en la que nos alojamos. En ese ámbito nuestra “contemporaneidad” tiene sus desafíos con grandezas y perjuicios .

El psicoanálisis está convocado en la medida que el sufrimiento humano incluye (es) siempre un sufrimiento psíquico. Allí nuestra pertinencia y vigencia.

Compartimos esa convocatoria con otras ciencias y disciplinas con las que tenemos similares preguntas. Me gusta pensar, como lo enunció Winnicott, que en un análisis hay muchas tareas involucradas que no son psicoanálisis. Pero es mejor que las haga un psicoanalista. ¿Podríamos extender esa idea a otras funciones de envergadura y responsabilidad (medicina, política o las ciencias sociales)?

El porvenir de los analistas, si esto es aceptado, es de una exigencia enorme. A la fundamental importancia del propio análisis, la formación teórica y las supervisiones, le deberíamos sumar múltiples estudios y prácticas que aumenten la consistencia del entrenamiento analítico Veo más fructífera que la discusión sobre una disminución del compromiso con el trípode de formación de los analistas a evaluar como organizar la ampliación de su sabiduría con sus múltiples búsquedas. Esto se da de hecho en las inquietudes que casi todos los analistas tienen y en la cantidad de estudios e intercambios que realizan además de su entrenamiento formal. En Brasil y Argentina su inserción en ámbitos académicos, sus formaciones en instituciones asistenciales, educativas, judiciales son ejemplos acabados. Ese tesoro, me impresiona, será una razón que seguirá contando a la hora en que las sociedades y las personas se vean enfrentadas con sus “eternos sufrimientos contemporáneos”.

Bibliografía

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