Acerca de un pasaje de “The Human Condition” de Hannah Arendt sobre amor e intersubjetividad

En 1958 Hannah Arendt publicaba en el sello editorial de la Universidad de Chicago -la prestigiosa The University Chicago Press- su texto The Human Condition, que se dará a conocer en español recién en 1998. El texto de Arendt correspondía a su primer gran trabajo filosófico luego de su obliga condición de refugiada en Estados Unidos, tras su forzado exilio de la Europa bajo ocupación nazi.

Ciertamente los temas que abordaba allí Arendt alcanzaban temas cruciales como la “acción humana”, una agudísima reflexión sobre la noción de “vida” que ya adelantaba las muy posteriores teorías de Agamben y Espósito sobre la “biopolítica” y una también profética visión crítica sobre la desaparición de los espacios públicos y de encuentro en nuestras sociedades. Sin embargo, de manera menos notable, pero no por ellos menos relevante, Arendt se detenía en uno de los capítulos centrales del libro –precisamente el capítulo dedicado a la “teoría de la acción”- en la cuestión del “amor”.

Como se sabe, la tesis de doctorado de una muy joven Hannah Arendt fue precisamente El concepto de amor en San Agustin -prontamente publicada en Berlín en 1929, en la colección que dirigía Karl Jaspers, de la casa editorial Springer. De modo que el problema filosófico del amor fue objeto de un seguimiento sostenido en el recorrido intelectual de Arendt, de un modo u otro, hasta su muerte en Nueva York en 1975. Pero, específicamente, ¿que aportaba el texto de 1958 a esta persecución filosófico sobre la cuestión del amor?

Si el texto sobre San Agustín y el amor nos invitaba a pensar la noción de anhelo (appetitus) como apertura al tiempo y como futuro anticipado -una sorprendentemente minuciosa genealogía del deseo como dispositivo de inauguración y apertura “hacia adelante” del mundo para el sujeto- y del frui (disfrute o goce) -tornándose un material imprescindible para cualquier interesado en la noción de “goce” en Lacan- ahora en este segundo trabajo de 1958 Arendt exhibe otro aspecto del “amor” a través de un cambio de perspectiva.

Efectivamente, en La condición Humana Arendt se detiene ahora en los “peligros” del amor como un significante que invade el campo de la intersubjetividad bajo el modo de una “pérdida de distancia” entre los términos -los amantes- que ella misma pone en relación. Así, la nota distintiva que ve Arendt en la emergencia moderna del “amor” es una igual caída del “respeto”. Por “respeto” Arendt entiende aquí la distancia que se interpone y que separa a los términos de la relación -los amantes-, los separa y los preserva. Se trata en el “respeto” de preservar a los sujetos de la tentación “fusional” que caracteriza a la pulsión unitiva del amor.

Dice Arendt en su texto: “El respeto, no diferente de la aristotélica phila politike, es una especie de “amistad” sin intimidad ni proximidad; es una consideración hacia la persona desde la distancia que pone entre nosotros el espacio del mundo”. Lo fuerte de la afirmación precedente es que el amor expulsa del mundo a los amantes. En cambio, es el “respeto” el que les ofrece un espacio para habitar el mundo. Más aún el respeto, dice Arendt, no debería estar reservado a la admiración o a la estima, por el contrario: “la moderna pérdida de respeto, o la convicción que sólo cabe el respeto en lo que admiramos o estimamos, constituye un claro síntoma de la creciente despersonalización de la vida pública y social”.

¿Cuál es la apuesta de Arendt, entonces? Volver sobre el problema del “amor” a partir del “respeto”, entendiendo que el amor siempre se arriesga a tornarse en una fuente de violencia que lo toma todo si el lazo intersubjetivo no provee a los amantes de una distancia que los preserve de aquello que, sin embargo, no dejará de ponerlos en relación.