Anorexia como expresión del conflicto con lo femenino en la adolescencia

Sara Zusman De Arbiser, APA

El cuerpo es el gran protagonista de la Adolescencia. Es el lugar donde se manifiesta el sufrimiento, un lugar de exhibición y escritura.

Tatuajes, cortes y quemaduras auto infligidas; anorexia, bulimia y otros trastornos de la alimentación, son temas que se despliegan. Son las señales de emociones que desbordan y a las que no pueden ponerle palabras. Son la forma de contar todo aquello que no puede ser dicho de otra manera y que explota en el cuerpo.

Actualmente, la cifra de adolescentes que padece de trastornos alimenticios es cada vez mayor. El ideal estético femenino de suma delgadez, muy presente en la civilizaciónn contemporánea, sólo es el ropaje manifiesto con que se cubre el goce que se orienta hacia la adicción de dejar de comer y que es la punta del iceberg.

La paradoja central de la anorexia se inscribe pues de entrada en su cuerpo, en el que encuentra un modo de figuración y de materialización particularmente poderoso y eficaz. Dicha paradoja radica en el hecho de que la anorexia no encuentra otro medio de salvaguardar su diferencia, su autonomía y en consecuencia su identidad más que rechazando aquello que ansía y necesita, esto es la comida en un nivel manifiesto y sus objetos de deseo en un plano más profundo.

Es importante señalar que la anorexia era un padecimiento que fue descripto en épocas en que el ideal estético femenino destacaba las redondeces femeninas.
Sissi, la emperatriz de Austria, Antígona de Sófocles, la filósofa Simone Weil y Santa Catalina de Siena entre muchas otras anónimas de la historia padecieron de anorexia.

Observamos, en los casos más extremos, en la denominada “anorexia vera”, la búsqueda desenfrenada de la pérdida de peso, el terror al aumento del mismo, la distorsión de la imagen corporal, la amenorrea y la desmentida del riesgo de muerte al que están expuestas.

Fue y sigue siendo considerada una locura del cuerpo.

Puede decirse en el terreno de la metáfora que la anorexia es una verdadera esquizofrenia psicosomática.

Las jóvenes son el grupo más afectado por la enfermedad, en un momento de cambios radicales en el sujeto como es la pubertad y la adolescencia. Es la expresión de las dificultades de aceptar la genitalidad y lo femenino. Es una de las modalidades del duelo patológico por el cuerpo de la infancia.

El conflicto esencial se halla a nivel del cuerpo y no a nivel de las funciones alimenticias investidas sexualmente. La anorexia expresa una incapacidad por asumir las transformaciones propias de la pubertad. Es un trastorno de la imagen del cuerpo.

La literatura se hace eco de estas patologías y se publican una gran variedad de narrativas que tratan este tema. La anorexia es un tema sobre el cual escriben mujeres. Destaco las novelas autobiográficas “Días sin hambre” y “Nada se opone a la noche” de Delphine De Vigan.

Lo que se calla en la primera generación, la segunda lo lleva en el cuerpo y la saga familiar escrita por Delphine De Vigan lo confirma ampliamente.

“Días sin hambre” fue publicada originalmente en el año 2001, cuando la autora contaba treinta y cuatro años y firmada, por pedido del padre de la autora/protagonista, con un seudónimo: Lou Delvig.

La escritora nos describe crudamente cómo, a los diez y nueve años de edad, llegó al borde de la muerte. “Hasta que el frío invadió su cuerpo, inimaginable. Un frío que le anunciaba que había llegado al final y que tenía que elegir entre vivir o morir”.

Con un metro y setenta y cinco centímetros de altura y treinta y seis kilos de peso y habiendo perdido prácticamente todo su panículo adiposo, el frío que padecía fue el que permitió que aceptara el tratamiento.

Relata su internación, alimentada por sondas y su lento reaprender a comer. Refiere su intenso vínculo con el terapeuta. “Él me salvó la vida”, dice.

Surge la figura del doctor Brunel, el que la llamó reiteradamente por teléfono para que iniciara el tratamiento y después de esa insistencia y al borde de la muerte, pudo aceptar la ayuda ofrecida.

“Treinta y cinco grados de temperatura, ocho de tensión, amenorrea, alteraciones del sistema piloso, escaras, bajada de pulsaciones y de la tensión arterial”, los médicos que la asisten no entienden cómo, con un cuadro tan siniestro, aún no había llegado al coma terminal.

“De pie pierde el equilibrio. Sentada le duele el trasero. Echada también. Se le clavan los huesos en la piel, una piel que es como papel maché, seca y gris, pegada al esqueleto.”

Como no tiene fuerzas ni palabras para decir, el doctor Brunel se ocupa de contarle historias para que ella escuche, y a través de esas historias la rescata del silencio.

“Es la historia de un pulpo, de una oruga, de una aprendiza de bruja, es la historia de un caracol sin concha. Mientras se pasea por la habitación, el doctor Brunel descarga historias e imágenes estrambóticas.”

Establece con este terapeuta una relación de transferencia masiva y su cuerpo ausente comienza a recuperar la posibilidad del deseo de vivir.
Podemos observar como el doctor Brunel implementó recursos terapéuticos muy creativos y muy distanciados de una técnica clásica para poder comunicarse con esta paciente.

Cuando ya contaba treinta y cuatro años de edad, Delphine De Vigan pudo transmitir en su primera novela “Días sin hambre”, su propio padecimiento anoréxico de los 19 años de edad y algunos avatares de su tratamiento.

¿Qué fuerza la condujo y por qué se encontraba prisionera de la prohibición de comer?

En “Nada se opone a la noche”, escrita diez años después, encontramos muchas respuestas a esos puntos oscuros.

Se trata de una muy completa saga familiar autobiográfica que intenta explicar el suicidio de su madre. Nos enteramos que ella fue una hija no deseada de una pareja adolescente. A la edad en que la madre quedó embarazada se inició su anorexia casi mortal. Ella debía morir para dar vida a la madre.

La mayoría de los autores se inclinan por adscribir los trastornos psicológicos, fuente de anorexia, a épocas muy tempranas.

Podemos reconocer el ideal familiar, exigente, tiránico e insaciable, imposible de cumplir, así como la baja autoestima de la protagonista.

Observamos la enfermedad y sus tramas, muy concreta en el cuerpo del personaje. El lenguaje es muy gráfico, a través de la intensidad expresiva, desde la primera página del libro.

En el inicio nos encontramos con frases incompletas o muy cortas. Escribe poco cuando come lo mínimo y lentamente el estilo narrativo adquiere mayor fluidez cuando su cuerpo acepta incorporar más alimento.

Inferimos, a partir de la lectura de estos testimonios, que el origen de esta escritura se nutrió de las grietas y heridas de la infancia. Nos surgen interrogantes ¿Con qué palabras y silencios se narra el padecimiento?, ¿Sobre qué escribe quien lo hace sobre sus dolencias?

“…no siente ya nada, no piensa ya nada, su alma ha dejado de sufrir. Más adelante comprenderá que eso era lo que buscaba entre otras cosas, destruir su cuerpo, para no percibir nada del exterior, no sentir otra cosa en su carne y su vientre que el hambre.”

Podemos reconocer la omnipotencia con la que intentó controlar al cuerpo biológico a través del ayuno, que actuó como una droga barata que la hizo insensible al dolor psíquico y se transformó en el refugio para sentirse protegida.

Este comportamiento alimentario, lo único considerado como propio, fue el medio que eligió para preservar su identidad.

La joven transitó por todos los estadios de una enfermedad a la que se aferró con todas sus fuerzas como el único modo de existir. Porque la anorexia la desdibujaba y le confería identidad al mismo tiempo. Si no se curaba, sabía que, inexorablemente, acabaría muriendo, pero si lo hacía, terminaría esfumándose a los ojos de la gente como una más entre los otros.

A través de esa búsqueda personal de la verdad, como llama la autora al procedimiento de la escritura, surgieron importantes revelaciones.

Aunque hay un lapso de diez años entre los dos libros, se completan y se responden y muchos secretos familiares salen a la luz.

La anorexia fue la invitación a enfrentar un conflicto transgeneracional que se había mantenido oculto.

Esta saga, como cada historia familiar, es única. Así como fue singular el vínculo que esta joven estableció con su terapeuta, el doctor Brunel, quien fue determinante para su recuperación y que le permitió volver a conectarse con la vida.

Podemos reconocer, que al estar mediatizada por la palabra, el relato de ese tiempo de su vida en “Días sin hambre”, es una construcción subjetiva de eventos reales que fueron teñidos con matices ficcionales. No es la realidad de lo que ella vivió, ya hay ficción en esa reconstrucción posterior.

Sabemos que un psicoanálisis jamás tiene acceso a lo real acontecido, sino solo a sus relatos. Así sucede con el sueño y con las historias infantiles.

Sólo en el campo de la transferencia somos protagonistas, paciente y analista, de un acontecer actual, pero que también está destinado a ser narración.

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