Textos breves

El dolor como motor de la complejidad psíquica

Laura Ruth Yaser
Laura Ruth Yaser
Luz Maria Abatángelo Stürzenbaum
Luz Maria Abatángelo Stürzenbaum

Introducción:

El dolor y las respuestas al mismo resultan de una gravitación cardinal para el Psicoanálisis, que nacido como intento de respuesta y de esclarecimiento, ganó complejidad al pasar de su posicionamiento como un simple “método de tratamiento de perturbaciones neuróticas” a un “procedimiento de indagación de procesos anímicos”; integrándose además como una “serie de intelecciones que poco a poco se han ido coligando en una nueva disciplina científica” (Freud: 1923a [1922]).

En el presente trabajo procuraremos conceptualizar el dolor no sólo como señal sino como manifestación clínica y también como motivo de todas las razones morales, de la compasión y las mociones que impulsan a alguien a convertirse en psicoanalista.

Algunas conceptualizaciones freudianas acerca del dolor:

En el “Proyecto” (1950[1895]), Freud presenta un aparato psíquico que desde los orígenes de la vida y con el auxilio de un objeto experimentado aprende a gestionar los estímulos.

Sabemos que el dolor es el más imperioso de todos los procesos, y deja como secuela una facilitación duradera sobre la cual se construye la elaboración psíquica. Esto se evidencia como elaboración de síntomas, elaboración onírica o la propia de un proceso analítico.

La vivencia de satisfacción consiste en la descarga o cancelación del estímulo por medio de una intervención propia o ajena. Este propósito se alcanza por medio de una alteración en el mundo circundante, ya sea el aporte de alimento o el acercamiento del objeto anhelado. La ausencia del objeto que aliviaría la tensión implicaría una recarga de su huella mnémica, ocasionando una vivencia dolorosa.

Notamos que muy tempranamente Freud esclarece el papel de la ausencia del objeto como el más genuino motivo de dolor.

La acción específica que brinda el individuo experimentado, se basa en su entendimiento acerca del estado del niño. Esta situación lleva a Freud (id.) a señalar que el inicial desvalimiento del ser humano es la fuente primordial de todos los motivos morales. Agrega que todo aquel que, cuando niño ha llorado por hambre, comprende el llanto ajeno por una suerte de identificación. El objeto percibido “parecido al sujeto… un prójimo”, resulta simultáneamente el primer objeto-satisfacción, el primer objeto hostil, y el único poder auxiliador, planteando: “Sobre el prójimo, entonces, aprende el ser humano a discernir” (Ídem pág. 376).

Metapsicología del dolor:

Habíamos planteado que el dolor constituye un concepto y una vivencia cuyo estudio es fundamental para el psicoanálisis. Al respecto, destacamos el carácter de seudo pulsión que le atribuye Freud (1915d, pág. 141), cuando plantea que un estímulo exterior que afecte un órgano constituye una nueva fuente de excitación creciente y continua. En este caso, no habría placer directo, sino que se procura el cese de la alteración y del displacer que ocasiona.

El imperativo del dolor sólo puede ser vencido por la acción curativa específica o la influencia de una distracción psíquica. El objetivo de la elaboración psicoanalítica consiste en la ligadura de los estímulos y la creación de vías alternativas para descargas sustitutivas transaccionales y más saludables para el sujeto.

El modelo más significativo del dolor está ligado, sin embargo, no tanto con la mortificación física sino con la pérdida o ausencia del objeto. Se ocasiona de esta manera la necesidad de realizar un trabajo específico, el duelo. El particular cariz displacentero de esta labor, ya señalado por Freud (1917 [1915]) radica en que el objeto de la añoranza contenía una elevadísima investidura y la labor aparece como incumplible para el Yo. En este sentido se explica la renuencia a aceptar la realidad y el intento de retención del objeto, propio de algunas psicosis.

Los autorreproches y la culpabilidad que se observan como rasgo distintivo en la melancolía, que es la modalidad patológica del duelo, se explican parcialmente porque al encontrarse anclada al período oral del desarrollo libidinoso, comparte sus rasgos de ambivalencia y disociación.

La sobrecarga e hipernitidez de los recuerdos, se vincula con los auto reproches y la condena propios de una fantaseada (o no) culpabilidad por la pérdida del objeto. Toda recordación es testimonio de la ausencia, y aun cuando esta ausencia abre las puertas al pensamiento y a la simbolización, implica la penosa tarea de atravesar un duelo.

En “Tótem y tabú” (Freud 1913[1912-1913]) se plantea que los espíritus de aquellos que han muerto recientemente son concebidos como demonios, lo que testimonia la influencia del trabajo del duelo. La necesidad de desasirse de los recuerdos y expectativas conduce a una vivencia dolorosa y persecutoria. Una vez concluido el duelo, al ceder el dolor y los reproches, cede también la angustia ante el demonio y estos espíritus pasan a ser considerados lares protectores.

Respecto del dolor físico y el dolor psíquico:

Es importante destacar que a lo largo de sus escritos Freud ha oscilado entre un intento de discernir entre el dolor físico y el dolor psíquico, aun cuando en otras instancias ha remarcado cierta analogía.  

Comprender estos modelos o analogías freudianas nos llevará inevitablemente a explorar un tanto a “contracorriente” la cronología que nos habíamos propuesto, pero nos recompensará su riqueza conceptual.

Sabemos que el dolor corporal, por la amenaza de castración que contiene, genera un incremento en la investidura narcisista, un estancamiento hipocondríaco. (Freud, 1914c). Sin embargo, mucho antes, en el Manuscrito G (Freud: 1895, pág. 244-246) se alude a los efectos de la melancolía como una inhibición psíquica en la cual el dolor se genera por la succión sobre las magnitudes de excitación de las neuronas vecinas. Freud emplea la metáfora de la hemorragia interna, que empobrece el caudal de excitación, repercutiendo sobre los demás instintos y funciones,

análogamente a lo que ocurre con una herida y el dolor físico. Freud procura discernir que, en la neurastenia, la inhibición se produce por el drenaje de la excitación sexual somática, mientras que en la melancolía este drenaje se produce en lo psíquico. Sin embargo… el empobrecimiento neurasténico también se extiende al psiquismo.

A diferencia de la angustia, cuyas manifestaciones son sumamente específicas, en tanto reproducen el conjunto de modificaciones fisiopatológicas propias del nacimiento (Freud: 1926d), en el dolor como estado afectivo la descarga es inconstante y carente de especificidad. La experiencia, sin embargo, demuestra que siempre se observa alguna expresión somática, incluyendo el llanto, el decaimiento, las alteraciones en el dormir y el soñar, pasando por síntomas funcionales hasta patologías orgánicas.  

En tanto la imagen mnémica de la persona añorada es investida con gran intensidad, se produce el empobrecimiento que Freud (1985) describiera como “hemorragia interna”. A diferencia de la angustia, que se produce ante la amenaza de ausencia o pérdida de amor por parte del objeto, el dolor surge ante una irremediable pérdida que es experimentada como desvalimiento psíquico y evidencia de castración (Freud: 1926d).

Freud observa que ciertas vivencias de dolor resultan independientes de las vivencias de necesidad, notando, sin embargo: “no dejará de tener su sentido que el lenguaje haya creado el concepto del dolor interior, anímico, equiparando enteramente las sensaciones de la pérdida del objeto al dolor corporal”, explicando que, en este caso, la elevada investidura narcisista del lugar doliente ejerce un efecto de vaciamiento sobre el yo. (Freud, íd. Págs. 159-160). También es remarcable el hecho de que la distracción psíquica puede atemperar el dolor.

Este punto parece contener la analogía que ha permitido aquella trasferencia de la sensación dolorosa al ámbito anímico, constituyendo una manifestación de la posibilidad de trasmudación de la libido.

Ejemplo de este fluir entre representaciones diversas sería el relato que en la “Historia de una neurosis infantil” (1918b [1914]), realiza el paciente, quien refirió que apenas sintió dolor tras la muerte de su hermana. Incluso, se alegró al pensar que  pasaría a ser heredero único. Sin embargo, meses más tarde, en un viaje a la comarca donde ella había fallecido, lloró abundantemente sobre la tumba de un poeta que veneraba. Su extrañeza ante esta reacción, se superó al recordar que su padre solía comparar las poesías de la hermana muerta con las de ese poeta.

El paciente había referido erróneamente que su hermana se había pegado un tiro, cuando en realidad, como descubrió Freud, había tomado veneno. Quien había muerto en un duelo a pistola era el poeta.

El Psicoanalista enfrentando el dolor:

Teniendo en cuenta que Nietzsche afirmó que “muy trágicas son las razones que hacen de un hombre un filósofo”, nos permitimos enunciar que “también son trágicas las razones que hacen de alguien un psicoanalista”. 

El psicoanalista, en función de su propia historia elige a conciencia comprometerse con un proceso que intenta reproducir en su persona una modificación caracterológica acorde a un modelo formativo, pero también en función de su propia historia podrá encontrar facilitado o dificultado este devenir.

Creemos entender que quien elige la profesión psicoanalítica, se caracteriza por una especial sensibilidad que opera al modo de una facilitación tendiente a procurar alivio al dolor, tanto propio como ajeno. Sin embargo, su conducta se diferencia de la que usualmente advertimos en el consenso, que consiste en la descarga rápida o la derivación vicaria por medio de distracciones o quitapesares que narcotizan la vivencia, perdiéndose la posibilidad de eficacia, ya que no se ha producido la necesaria ligadura de lo tanático.

El psicoanalista, en virtud de su análisis y su training, se encuentra habituado a sostener un flujo psíquico retrógrado que -así como en el sueño y en el pensar reflexivo- en la sesión psicoanalítica tiende a la sobrecarga del polo perceptivo, incrementando la afluencia de representaciones eidéticas, fantasías, asociaciones o palabras que viabilizan su labor.

Su mayor acervo representativo le permite una mejor tolerancia respecto de la vivencia dolorosa, permitiéndole emplear sus propias experiencias para incrementar la aptitud descripta como “complejo del semejante” (Freud1950 [1895]) o la capacidad para advertir las intenciones inconscientes del otro (Freud1913 [1912-1913]).

De este modo, en tanto comprende y establece empatía con lo expresado por el analizado, por recarga de sus propias huellas mnémicas afluyen a su conciencia imágenes, palabras, sensaciones y afectos. Su propio análisis le ha permitido ligar con representaciones-palabra ciertos recuerdos, fantasías y vivencias, incrementando esta experiencia su caudal de huellas y representaciones intermedias, brindándoles una mayor accesibilidad a la conciencia.

Pensamos que el paciente, el par complementario del proceso, tiende a reproducir en su vivenciar sensaciones tales como la del lactante, quien en primera instancia encontraba dificultad para discernir entre una ausencia definitiva y una temporaria de su objeto. Al modo en que el niño, por la reiteración de vivencias tranquilizadoras como el juego materno de esconder y revelar su rostro finalmente comprende la diversidad de situaciones, el paciente paulatinamente acepta y confía en el alivio que aportan las representaciones sustitutivas propuestas por su analista, consolidándose la transferencia.

El analista, cuando intenta entender al paciente, en la atención flotante y el deseo de analizar evidencia algo de la pulsión epistemofílica. La acción específica del analista es mostrar lo latente o el objeto reprimido, logrando una elaboración que persigue un itinerario trazado por procesos de ligadura, pensamiento y creación. Pensamos que el camino que se recorre intenta salir de lo siniestro encontrando un nuevo sentido en la palabra y la interpretación.

El dolor de no tolerar el dolor:

Existen dolores que son trascendidos y elaborados, resultando motivo de resignificación y maduración psíquica. Existen otros dolores que no valen la pena, y se vinculan a una erotización masoquista, y existe también una suerte de reverberación del dolor que impotentiza al analista y paraliza su instrumento, la interpretación.

Otro obstáculo podría manifestarse cuando el analista, por un punto ciego se  posiciona en una vivencia de pena o lástima respecto de su paciente: Esta situación estaría vinculada a una falsa noción de superioridad que constituye un intento de desmentida de la castración o de una insuficiencia de recursos que podría presentarse contingentemente en algún momento del tratamiento.

Al respecto podemos mencionar una historia en la cual se relata que un niño de cuatro años, ve llorar a su vecino, un anciano que perdió a su esposa. El niño decide acompañarlo y se sienta en su regazo.

Cuando vuelve con su madre, ésta le pregunta:

-       ¿qué le dijiste?

-       Nada. Sólo lo ayudé a llorar…

Esta conmovedora historia, lo es tanto porque alude a un niño de cuatro años. Pero de un analista, se espera más que sólo promover la descarga. Se espera que promueva la elaboración y la resignificación.

Conclusiones:

A lo largo de nuestro trabajo hemos intentado revisitar las conceptualizaciones de Freud acerca del dolor como señal clínica y como motivo del desarrollo y complejización del aparato psíquico. Notamos que el dolor como suceso y concepto constituye un motor fundamental para la práctica y la investigación psicoanalítica, así como también la experiencia dolorosa elaborada en el propio análisis puede resultar parte de la motivación en la elección de la profesión de psicoanalista.

De los conceptos vertidos por Freud acerca del dolor podemos destacar que más allá de la mortificación física, la más poderosa motivación para la vivencia de dolor se debe a la ausencia del objeto, experimentada por el aparato psíquico a la manera de una “hemorragia interna” que desvía las investiduras desvitalizando al yo.

Respecto de la analogía entre dolor físico y psíquico, hemos notado que en función de la posibilidad de transmutación de la libido, el psiquismo puede interpretar del mismo modo la ausencia del objeto con una lesión en la integridad física. La sobreinvestidura que se produce al ser afectada la vivencia de completud narcisista, es resignificada como castración.

Abstract:

El presente trabajo tiene como propósito revisitar textos de Freud que tratan el tema del dolor. A partir de viñetas clínicas nos propusimos dar cuenta de la vigencia del método psicoanalítico y del valor de la formación permanente en el analista como sostén de su práctica.

Referencias bibliográficas:

BARANGER, M; BARANGER, W.; MOM, J.: (1982) Proceso y no proceso en el trabajo analítico. Revista de Psicoanálisis Vol. 39, Nº 4 Asociación Psicoanalítica Argentina

FREUD, S.:     Sigmund Freud Obras Completas. Buenos Aires. Amorrortu Editores.

(1950[1892-99]) Manuscrito G. Tomo I

(1950[1895]) Proyecto de Psicología Tomo I

(1913[1912-1913]) Tótem y Tabú Tomo XIII

(1914c) Introducción del narcisismo Tomo XIV

(1915d) La represión Tomo XIV

(1917e [1915]) Duelo y Melancolía Tomo XIV

(1918b [1914]) De la historia de una neurosis infantil Tomo XVII

(1921c) Psicología de las masas y análisis del yo Tomo XVIII

(1923a [1922]) Dos artículos de enciclopedia: «Psicoanálisis» y «Teoría de la libido»” Tomo XVIII

(1926d [1925]) Inhibición, síntoma y angustia Tomo XX

KING, P.:          (1981) La reacción afectiva del analista frente a las comunicaciones del paciente. Revista de psicoanálisis Vol. III Nº 1 Buenos Aires 1981 (Págs. 97-111)

RACKER, H.: Estudios sobre técnica Psicoanalítica. México. Editorial Paidós.1990

WINNICOTT, D.: (1979) El proceso de maduración en el niño: Estudios para una teoría del desarrollo emocional”. 2º edic. edit. Laia Barcelona.

Autor/es:

Luz Maria Abatángelo Stürzenbaum, APA

Laura Ruth Yaser, APA

Descriptores: DOLOR / DUELO / EMPATIA / CONTRATRANSFERENCIA

Directora: Mirta Goldstein de Vainstoc

Secretario: Jorge Catelli

Colaboradores: Claudia Amburgo

José Fischbein

Los descriptores han sido adjudicados mediante el uso del Tesauro de Psicoanálisis  de la Asociación Psicoanalítica Argentina

Presidenta: Dra. Claudia Lucía Borensztejn

Vice-Presidente: Dr. José Fischbein

Secretaria: Lic. Laura Escapa

Secretaria Científica: Dra. Rosa Mirta Goldstein de Vainstoc

Tesorero: Dr. Rafael Eduardo Safdie