Intersecciones con Ciencias de la comunicación - El selfie como práctica y síntoma cultural
Resumen
Este artículo discute los selfies como prácticas de la mirada en la cultura postfotográfica y analiza el autorretrato contemporáneo como una tecnología del yo en el capitalismo tardío. Este análisis teórico también dialoga con el discurso médico y psicológico sobre los síndromes de dismorfia corporal, ansiedad y depresión. Los resultados apuntan a que en el capitalismo tardío el selfie como tecnología del yo responde a un régimen visual donde emerge el malestar de la cultura bajo la tiranía de la imagen.
Cuando miras largamente a un abismo, también este mira dentro de ti.
Friedrich Nietzsche
Más allá del bien y del mal, 146
Introducción
La historia del selfie, apenas llega a unos 15 años. Como neologismo, entra en el diccionario Oxford recién en el año 2013. Sin embargo, su aparente banalidad y fugacidad merecen ser estudiadas más a fondo como una de las formas de representación contemporánea más practicadas, distribuidas y compartidas del autoretrato.
El selfie como forma cultural (como práctica de la mirada) y como fenómeno ritual (la obsesiva producción y distribución de imágenes del sí mismo) solo podía generarse en nuestra época, la que W. J. Mitchel (1992) y Joan Foncuberta (2015) han denominado la era postfotográfica, tiempo de la masificación y circulación de las imágenes en un territorio paradójicamente desterritorializado: la cibercultura. Getty Images, el gran repositorio pictográfico localizado en Estados Unidos, denominó el año 2018 como el año del Segundo Renacimiento, en alusión al punto de máximo alcance de esta hiperproducción, distribución y consumo de selfies.
Cha, Quercia y Almeida (2015) revelaron que entre el 2012 y el 2014 la cantidad de selfies se incrementó 900 veces en Korea y en Brazil. Los autores también indican otros tres puntos que son de interés: los selfies logran capturar más “me gusta” y comentarios que otros tipos de contenido. En la mayoría de los países, las mujeres jóvenes son quienes más publican o generan selfies. La mayoría de los estudios coinciden en que mirar selfies en las redes sociales genera reacciones negativas especialmente en adolescentes y mujeres jóvenes (McLean, Harman y Rodgers, 2019; Mills, Musto, Williams; 2018; Burnette, Kwitowski y Mazzeo, 2017). La fenomenología del selfie y la monetización del “me gusta” moviliza cada día más a quienes utilizan medios sociales al mismo tiempo que se convierte en el nuevo malestar de las culturas contemporáneas.
Es necesario entonces reflexionar desde varias preguntas sobre esta práctica que en nuestro días consume parte importante del tiempo que dedicamos a producirnos a nosotros mismos: ¿Tiene el selfie un valor de exhibición o es su condición de producción una búsqueda de autenticidad e individualidad? ¿Se rige el selfie como subgénero fotográfico por unas convenciones sobre la mirada y el ser mirado que no solo han sido determinadas por la historia del arte sino también por discursos e imaginarios tales como la publicidad, el diseño contemporáneo o la moda? ¿Hay en el selfie una suerte de estetización de la práctica del verse a sí mismo o más bien es una manifestación contemporánea de lo que Michel Foucault ha llamado tecnologías del yo y un síntoma de un nuevo malestar de la cultura?
Cualquier intento por historizar el selfie nos llevaría irremediablemente al retrato y al autorretrato como representaciones del sí mismo en la historia del arte occidental. Laura Cumming (2009) en A Face to the World: On Self-Portraits o James Hall (2014) en The Self-Portrait: A Cultural History, entre otros autores, nos ofrecen extensos y eruditos estudios sobre cómo en la historia del arte se pueden identificar diferentes éticas y estéticas asociadas a la representación de imágenes de nosotros mismos. Este artículo destaca algunas implicaciones biopolíticas de la práctica de selfies y también discute las consecuencias psicológicas derivadas del mismo como manifestación cultural en el capitalismo tardío. La primera parte discute el selfie como práctica de la mirada y tecnología del yo, la segunda analiza algunos estudios que establecen una correlación entre la cantidad de selfies publicados y cambios en el estado de ánimo y percepción de la apariencia física. Finalmente, analiza las correlaciones que se pueden establecer entre el selfie como tecnología del yo y el incremento de síntomas de ansiedad y depresión.
1. Selfie: nueva práctica de la mirada y tecnología del yo.
Hoy, las formas de representación del sí mismo difieren considerablemente de sus antecesores formales: el retrato, el autoretrato o la fotografía. En la época actual, el DIY (Do it Yourself) ha logrado sortear las barreras técnicas de entrada que impusieron en otros tiempos las artes escultóricas, gráficas o fotográficas en la producción de imágenes y le abrieron el camino, anteriormente vedado, a cualquiera que tenga acceso a un teléfono celular. De ahí que sea importante preguntarse a casi 89 años de la escritura del famoso ensayo de Walter Benjamin (1936) La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, si frente a la producción de selfies estamos siendo testigos de una revolución digital de la imagen y de las implicaciones de esas reproducciones masivas en medios sociales para quienes las producen, distribuyen y consumen. Sturken y Cartwright se refieren a las prácticas de la mirada en su libro homónimo e introducen este término de la siguiente manera:
Through looking we negotiate social relations and meanings. Looking is a
practice like speaking, writing or singing. Looking involves learning to interpret
and like others practices, looking involves relationships of power. To be made
to look, to try to get someone else to look at you or at something you want to be
noticed, or to engage in an exchange of looks, entails a play of power.
(Sturken y Cartwright, 2009, p10)
Esta definición recoge los elementos más importantes para definir al selfie como una práctica de la mirada. Relaciones sociales, alfabetizaciones informales sobre códigos de encuadre, uso de filtros, poses, negociación de sentidos, dinámicas de poder, todos estos elementos se agolpan en la aparentemente irrelevante captura de nuestra imagen mediada por las tecnologías del siglo XXI. Algunos la consideran una futilería, un desecho cultural. ¿Para qué estudiar esta nimiedad?
Según Benjamin, frente a las obras de arte cedemos inexorablemente ante su “aura”, su autenticidad y su contemplación cultual. Más que valor de culto, el selfie nos enfrenta directamente con su valor de exhibición, con lo que Mitchell (1992) y Foncuberta (2015) denominan la condición postfotográfica caracterizada por un voyerismo universal, estéticas de exceso, estéticas de acceso, ubicuidad de las imágenes, saturación icónica, utopías de transparencia, hiper-visibilidad, nuevas condiciones de autoría y el tránsito del Big Brother al Big Data. La producción/distribución de selfies en nuestros días llama la atención precisamente por su valor de exhibición: la hiperabundancia de su gestación, la obsesiva compulsión de obtener hasta 5 selfies o más antes de decidir publicarlos y la adicción a compartirlos en medios sociales con la esperanza de coleccionar la mayor cantidad de “me gusta” posible evidencian las estéticas de exceso y acceso, la ubicuidad de las imágenes y la saturación icónica. Son la moneda de cambio de la nueva condición postfotográfica: la hipervisibilidad, la visión y la presencia llevada a sus extremos. En conjunto, estos aspectos de la condición postfotográfica han hecho de los medios sociales el espacio ideal para un voyerismo universal que naturaliza una “utopía de transparencia”, donde nuestros aparentemente inocentes selfies pretenden connotar autenticidad, originalidad y autoría. Sin embargo, el selfie como tecnología del yo está a la base de mecanismos de subjetivación y poder que imponen regímenes visuales particulares como encuadres, poses, gestos o comportamientos “gustables”, filtros que van más allá de las convenciones artísticas y de representación a las que tradicionalmente habían sido sometidos el autoretrato, el retrato y la fotografía tradicional.
Como tecnología del yo, el selfie se convierte en un formato particular de autorretrato contemporáneo. Constituye una serie de comportamientos y técnicas que nos permiten construirnos y deconstruirnos a nosotros mismos, generalmente siguiendo a grupos de referencia específicos, celebridades y otros personajes que modelizan, entre otros, comportamientos, posturas o gestos. Según Foucault, las tecnologías del yo son de cuatro tipos:
(…) 1) tecnologías de producción, que nos permiten producir, transformar o manipular cosas; 2) tecnologías de sistemas de signos, que nos permiten utilizar signos, sentidos, símbolos o significaciones; 3) tecnologías de poder, que determinan la conducta de los individuos, los someten a cierto tipo de fines o de dominación, y consisten en una objetivación del sujeto; 4) tecnologías del yo, que permiten a los individuos efectuar, por cuenta propia o con la ayuda de otros, cierto número de operaciones sobre su cuerpo y su alma, pensamientos, conducta, o cualquier forma de ser, obteniendo así una transformación de sí mismos con el fin de alcanzar cierto estado de felicidad, pureza, sabiduría o inmortalidad. (Foucault, 1990, p 45)
El selfie comporta los cuatro aspectos anteriores. En primer lugar, es una variante que tecnológicamente difiere del retrato, el autoretrato y la fotografía en aspectos puramente formales. Sus mecanismos de reproducción no solo obedecen a la época de la reproducción técnica de la imagen, sino a nuevos regímenes de visión asociados a la cultura digital y esto evidencia un ”voyerismo universal”, la posibilidad técnica de asomarnos desde diferentes puntos de enfoque hacia los otros y hacia el mundo. Ya no dependemos de nuestra mirada y el ver a otros y ver otros espacios se ha multiplicado en extensiones visuales tales como cámaras de vigilancia, drones o las cámaras de Google Street View, entre otros. La captura de la imagen ha transitado del ojo a la cámara y de la cámara a la obturación ubicua desde diversos artefactos de registro de la realidad. Es decir, el representarse a sí mismo en nuestra era cuestiona las bases mismas de la autoría y pone en evidencia la ubicuidad del panóptico digital moderno.
En segundo lugar, el selfie como tecnología del yo y el selfie como espacio de relaciones de poder despliega modos de significación particular que se constituyen en diferentes codificaciones de la representación del sí mismo. Se podría realizar un recorrido por su morfología, para determinar sus convenciones formales, posturas, gestos, encuadres, etc. Al ser un producto cultural ligado a los medios sociales es esperable que el selfie lejos de ser un encuadre de diferenciación, sea más bien una de las muestras de estandarización, serialidad y comodificación más sutiles del capitalismo actual donde la individualidad se construye en el panóptico de una mirada colectiva al sí mismo. Por esta razón, está en íntima relación con el tercer tipo de tecnología del yo porque determina la conducta de los que generan selfies y facilitan la objetivación/reificación de los sujetos representados. Por último, el selfie es una producción del yo que busca mostrar autenticidad, poder o muchas veces también plenitud.
Desde el 2012 a la fecha se han naturalizado una serie de formatos de selfie que marcaron tendencia y que constituyeron una tecnología corporal como modo de representación del yo. La mayoría de las poses de selfie tienen nombre en inglés. Repasemos algunas: smize (sonreir con los ojos), duck face (apuñando los labios como para dar un beso), selfie del espejo/baño, sparrow face, (abriendo los ojos y boca), selfie de resistencia (intencionalmente feo) entre los que destaca el selfie con la lengua afuera, revival de la icónica imagen que el fotógrafo Arthur Sasse hiciera de Albert Einstein en 1951 (Stockton, 2017). La circulación de esta foto se masificó, aparece en inumerables objetos como camisetas o tazas de café. Esta hipervisibilidad, puede ser una de las explicaciones de que el selfie de la lengua afuera tuviera tanta acogida. También en el 2014 se populariza el uso del selfie stick para lograr una toma con más envergadura. Su origen se remonta hasta 1925, pero el usado hoy con teléfonos celulares fue considerado entre las mejores quince invenciones por la revista Times en 2014 y es sin duda una de las extensiones de nuestro cuerpo en el capitalismo tardío. Algunas otros formatos populares son el fish gaze (mirada de pez) y el selfie con filtro, posible gracias a la denominada computer vision. Ya para el 2019, listar la tipología de selfies sería tan inútil como la propuesta del Emporio Celestial de conocimientos benévolos descrito en “El idioma analítico de John Wilkins” de Jorge Luis Borges. Es simplemente imposible.
El selfie como tecnología del yo, como una serie de operaciones que los individuos realizan sobre su cuerpo, pensamientos o emociones se discute en el siguiente apartado a la luz de los resultados de investigación que han correlacionado su producción distribución y consumo a dismorfias corporales o cuadros de ansiedad y depresión.
2. Espejos perversos: El efecto selfie y el síndrome de dismorfia de Snapchat
Florida House Experience es una institución dedicada al estudio y tratamiento de desórdenes adictivos, traumáticos, depresión y ansiedad. En el noviembre del 2020 su encuesta en Estados Unidos Body Image and Social Media Questionnaire reveló que más hombres (58.06%) que mujeres (48.39 ) admiten tomar entre 2 y 5 selfies antes de publicarlos o compartirlos. Sin embargo, las mujeres invierten entre 7 y 15 minutos más en los retoques finales. Posar excesivamente para el selfie se ha vuelto un comportamiento común en nuestros días, pero paralelo a la búsqueda fáustica del selfie natural, auténtico, filtrado o perfecto se suman otras tres tendencias preocupantes: el efecto selfie, el síndrome de dismorfia de Snapchat y las correlaciones entre la producción y publicación de selfies y cambios en el estado de ánimo, ansiedad, depresión y percepción negativa del cuerpo.
En agosto del 2018 empezó a diseminarse información sobre el denominado síndrome de dismorfia de Snapchat. El trastorno dismórfico corporal, anteriormente conocido como dismorfofobia, consiste en una preocupación exagerada por un defecto ya sea real o imaginado sobre el cuerpo o su apariencia. Genera en los pacientes comportamientos obsesivo compulsivos tales como mirarse constantemente en el espejo, buscar varias formas de disimular el supuesto defecto o minimizarlo, etc. Estos comportamientos repetitivos generan angustia e impactan negativamente la sociabilidad de quienes lo padecen. Puede llegar a activar cuadros depresivos y fobias sociales. Phillips y Zimmerman, (2025) subrayan que entre pacientes con trastorno dismórfico la tasa de ideación suicida es de hasta el 80%.
Balakrishnan y Griffith (2018) desarrollaron una “escala de comportamiento en relación con el selfie” (Selfitis Behavior Scale) para medir las motivaciones de quienes producen de imágenes de sí mismos. Según el estudio realizado en India, se pueden distinguir tres tipos de comportamientos y grados de adicción: selfitis liminal (hasta 3 diarios, sin necesariamente postearlos), aguda (hasta 3 selfies diarios publicados) y crónica (deseo incontrolable por tomar selfies diariamente con posteos de al menos 6 al día). Seis motivaciones evidencian una dependencia y tendencia a la adicción por generar selfies y compartirlos en las redes sociales: búsqueda de atención, modificación del estado de ánimo, confianza en sí mismo, competencia social, conformidad subjetiva (necesidad de pertenencia a grupos de referencia) y crear memorias o trofeos denominado por los autores como environmental enhancement.
Ese estudio revela que las motivaciones de cada uno de los grupos diagnosticados con selfitis (liminal, aguda y crónica) obedecen a diferentes necesidades de autoestima e identificación social. Para los que mostraban selfitis liminal, las motivaciones más frecuentes eran modificación del estado de ánimo y autoconfianza, para la selfitis aguda eran búsqueda de atención, competencia social y crear memorias o trofeos y finalmente para el grupo de selfitis crónica la motivación era conformidad subjetiva, lo que indica su necesidad de participar y sentirse parte de un grupo en específico para ajustar su producción de selfies a las tendencias, estilos y estándares de ese grupo en particular.
El poder relacional y de pertenencia se impone en la producción de selfies. Es una afirmación que comunica. Si hay actos de habla, también hay actos de mirada y, en ese sentido, el selfie es una práctica de la mirada que, además de representar, connota una intención comunicativa que es eminentemente relacional y enraizada en cómo nos vemos y cómo nos ven. Es decir, el selfie como práctica de la mirada es, fundamentalmente, una transacción de la voluntad de producirme ante los demás. Griffiths y otros académicos italianos (2020) revalidaron la Escala de Comportamiento Selfitis (SBS) en una muestra de 490 participantes en Italia y revelaron que el narcisismo y la psicopatía se relacionan con la adicción a redes sociales a través del comportamiento selfitis. Esto muestra cómo ciertos rasgos de personalidad influyen en la dependencia digital.
Si efectivamente existe una relación entre las cantidades de selfies compartidos y las seis motivaciones indicadas anteriormente, vale la pena también determinar si hay alguna diferencia entre el número de “pruebas de selfie” antes de compartirlo, la satisfacción ante los likes recibidos y la reacción de hombres versus mujeres. Además de las motivaciones individuales, existen tendencias que podemos distinguir entre la producción de selfies entre hombres y mujeres.
Ward, Ward, Fried, Paskhover (2018) indican cómo la práctica de tomarse fotos a corta distancia, en específico a doce pulgadas (30.48cm), provoca una distorsión en el tamaño de la nariz, que hace que se vea un 30% más grande de lo que realmente es en hombres y 29% más grande en mujeres. Los autores llaman a esta distorsión el efecto selfie… Otras publicaciones más recientes (Shanza, Kumari y Khan, 2024), (Ateq, K., Alhajji, M., Alhusseini, 2024) insisten en el incidencia que en los últimos años el uso de filtros y otras tecnologías digitales en la producción de selfies resultan en autopercepciones negativas del propio cuerpo y este malestar se trata de remediar mediante intervenciones quirúrgicas.
La Academia Estadounidense de Cirugía Facial, Plástica y Reconstructiva detectó una tendencia entre el 2015 y el 2017 cuando se incrementó de 42% a 55% el número de cirujanos que reportaron un aumento de procedimientos plásticos para modificar rostros reales para semejarse a sus selfies modificados por filtros de tono de piel, tamaño de los ojos o las dimensiones de la nariz (AAFPRS, 2017). Entre el 2018 y el 2019 se elevó a 74% en Estados Unidos la solicitud de tratamientos de piel, rellenos o inyecciones detoxinas botulínicas en pacientes menores de 30 años (AAFPRS, 2020). En el 2024, más del 80% de los cirujanos en Estados Unidos reportan las rinoplastias como los procedimientos más solicitados entre 10% de pacientes con rinoplastias previas (AAFRPS, 2025). Desde en 2018, esta tendencia se ha extendido a generaciones más jóvenes. Manci, et al. (2025) y Abdelaziz (2025) corroboran que esta tendencia sigue creciendo en Estados Unidos y Egipto respectivamente.
El cirujano plástico Tijion Esho, fundador de la clínica Esho en Londres, bautizó este trastorno como la dismorfia de Snapchat. Mills et al (2018) en su estudio realizado en Canadá concluyen que postear selfies en redes sociales modifica negativamente el ánimo y la autoprecepción entre mujeres jóvenes entre 16 y los 29 años. En el 2018, Rajanala, Maymone y Vashi (2018) del Departamento de Dermatología la Escuela de Medicina de la Universidad de Boston, Massachusetts publicaron Selfie: Viviendo en la Era de las Fotografías Filtradas. En este artículo se indica que antes de los filtros aplicados a las fotografías, los pacientes que se sometían a una cirugía traían fotos de celebridades, ahora traen su propio selfie al que le han aplicado filtros hasta lograr un resultado satisfactorio, según los estándares de belleza que buscan: simetría, dimensiones de nariz o pómulos, tamaño de ojos, etc. Muchas veces estos cambios deseados es imposible replicarlos mediante una cirugía y además confirman una tendencia preocupante donde no se distingue los límites entre la fantasía y la realidad. De igual manera, Ateq, Alhajji, Alhusseini (2024) identificaron una asociación entre la producción de selfies, el consumo de redes sociales y el uso de apps de edición de fotos entre jóvenes de Arabia Saudita. Esta tendencia impacta especialmente a quienes padecen de síndrome dismórfico corporal. Muchos otros estudios recientes en diferentes partes del mundo confirman que existe una relación entre la publicación de selfies con cambios negativos en el estado de ánimo y la percepción del cuerpo (Arenas, 2020, Abbas y Dodeen, 2021, Mancin et al, 2025).
Otra tendencia preocupante es el incremento desde el 2018 de aplicaciones optimizadas con inteligencia artificial y potencializadas con las llamadas redes neuronales, conjuntos de algoritmos modelizados como el cerebro humano, que ofrecen horizontes de experimentación novedosos para generar simulacros de nuestros rostros a los que podemos cambiar el género, la edad, la etnicidad, etc. Ya desde el 2019, FaceApp protagonizó un escándalo cuando se revelaron sus prácticas antiéticas con las imágenes y datos de sus usuarios. Ya sea para entrenar algoritmos o para vender las imágenes a empresas publicitarias, el selfie ha devenido también en una mercancía. Las implicaciones de esta comodificación son inimaginables, el selfie como mercancía se puede vender en bases de datos fácilmente editables… Mañana no nos sorprenda ver una valla publicitaria que use nuestra imagen simulada de cómo nos veríamos a los 65 años cuando todavía tenemos 23.
Este aspecto más transaccional, quizá irremediable en la sociedad digital, salta a la vista al estudiar al selfie como tecnología del yo en la sociedad contemporánea. La imparable producción de selfies no es generación de basura digital, está vigilada, mediada y comercializada. Puede ser manipulada o vendida ¿Qué intereses hay en ofrecer a los usuarios la fantasía de proyectarse en su vejez. Hoy podemos experimentar una transformación de género con solo subir selfies a apps que mediante algoritmos de reconocimiento facial y deep learning generan un alter ego o aplicar la curiosidad mendeliana para saber cómo serían nuestros posibles hijos con nuestra actual pareja ¿Es el selfie una imagen dialéctica en términos de Benjamin que arrastra huellas del pasado y presagios del futuro? O ¿qué nos puede enseñar el selfie como despojo del capitalismo tardío sobre lo que somos y lo que seremos?
Todas estas tecnologías posibilitan condición postfotográfica del selfie como tecnología del yo. La era postfotográfica, según Fontcuberta, nos introduce a la imagen dematerializada, preeminente, que consiste en información sin referencia a un cuerpo y convierte imágenes en entidades que se pueden trasmitir y circular en un flujo frenético e incesante. Los selfies constituyen una especie de fotografía líquida donde la condición de verdad de la fotografía pierde toda su fiabilidad, los filtros transforman lo representado desde estándares de belleza que se convierten en formas de sujeción y, en ese sentido, en técnicas de subjetivación. Así el selfie como práctica de la mirada constituye en nuestra era una tecnología del yo que en su aparente irrelevancia, resulta ser un espacio valioso para la gestión de identidad, en el mejor caso y, en los peores, para el incremento de la ansiedad, la depresión y la comodificación de nuestros rostros sus simulaciones o proyecciones.
3. Selfie ansiedad y depresión: el nuevo malestar de la cultura
La modernidad nos ha ofrecido muchos avances, pero simultáneamente ha incorporado también dolencias derivadas de la aceleración y multiplicación de nuestras actividades diarias, el estrés, la fatiga informativa y la desinformación aunadas a la angustia que provoca la cotidianidad y la fragmentación de la vida social. En palabras de Freud (1930, p.27) “…nuestra llamada cultura llevaría gran parte de la culpa por la miseria que sufrimos.”
No es de sorprender entonces que esa miseria se haya plasmado en la historia del arte occidental moderno en algunos autoretratos como: El hombre desesperado de Gustave Coubert (1843-45) o la obsesiva necesidad de autorepresentarse de Vincent Van Gogh, quien pintó hasta 30 autorretratos entre 1886 y 1889. También destacan obras del llamado periodo azul de Picasso, marcado por un melancólico cromatismo azul grisáceo o los autoretratos de Paul Gauguin y su larga lucha contra la depresión. Estas interrogaciones sobre la angustia y el sufrimiento individual resuenan también en el El grito (1893) de Edward Munch, donde se representa su horror al contemplar el atardecer mientras caminaba con sus amigos. En la esquina superior izquierda de la primera versión del cuadro se lee: “Solo pudo haber sido pintado por un loco”. Estas brevísimas referencias a las asociaciones entre estados de ansiedad, horror o depresión y la elaboración de autorepresentaciones también se pueden extender al selfie como tecnología del yo, como espacio de autoproducción, para interrogar las implicaciones que pueda provocar ya sea como despliegue de narcisismo, espejo de la comparación social, en fin, cómo éstas imágenes son fuente de placer, autoestima o de malestar.
El arte como terapia está ampliamente documentado (Versitano et al, 2025; Shukla, Chudhari, Gaidhane y Quazi, 2022; Maiden y Steward, 2025). Sin embargo, lo inquietante de estudios recientes (Difenbach y Chritoforakos, 2017; Placencia y Zalaquett, 2024; Maiden y Steward, 2025) es la correlación entre la selfitis crónica o aguda, el denominado sesgo selfie (selfie bias) y los comportamientos tipificados como ansiedad social y sintomatología depresiva. Los resultados apuntan a que esta nueva práctica de la mirada puede genera malestar y que frecuentemente se manifiesta como disconformidad frente a las autopercepciones sobre el cuerpo.
Reece y Danforth (2017) crearon un algoritmo para correlacionar síntomas depresivos con propiedades observables en fotografías publicadas por individuos que habían sido previamente diagnosticados con síntomas de depresión. Las conclusiones señalan que los marcadores de depresión son observables en el comportamiento y publicación de fotos de los participantes en Instagram y que esos trazos se pueden detectar en fotografías publicadas aún antes de que el individuo participara en el estudio. Fotos en blanco y negro, con poca iluminación y en tonos de grises o azules son los elementos formales que predominan entre las fotos que se asocian a la depresión. Por algo relacionaban los poetas y pintores simbolistas europeos de finales del siglo XIX y los modernistas latinoamericanos la melancolía con el azul…
En Inglaterra, Grogan et al. (2018) identificaron que tanto los selfies propios como ajenos son sometidos a una suerte de objectificación que “castiga” con opiniones negativas los que se consideran más sexualizados versus los que no lo son tanto. En todo caso, el estudio también revela que la publicación de selfies está muy relacionada con la gestión o la administración de la imagen de sí frente a los demás. Estos datos fundamentan el presente análisis, en tanto que el selfie puede considerarse con toda propiedad una tecnología del yo propia del capitalismo tardío con funciones objetivizantes. Si bien la investigaciones sobre el selfie han continuamente verificado cómo impactan el bienestar especialmente entre las mujeres jóvenes, recientemente Su Topbaş el al. (2025) han ofrecido evidencias de que postear selfies es un predictor de objetivación también entre hombres jóvenes.
Wells, Horwitz, Seetharaman (2021) documentan como Facebook determinó que 32% de adolescentes mujeres afirman estar descontentas con su cuerpo y que Instagram las hace sentirse peor. Sumado a esto, en un estudio realizado en Gran Bretaña, Taylor y Armes (2021) identificaron que las mujeres jóvenes (18 -35) muestran un descenso en sus resultados en la Escala de autoestima y en la Escala de estima corporal (State Self-Steem Scale y Body-Steem Scale) luego de que establecen comparaciones de su cuerpo en redes sociales. Contextualizados estos resultados en la era de la economía de la atención, preocupa que los modelos de monetización de las redes sociales pongan en peligro el bienestar y la salud mental de sus usuarios especialmnete de los más jóvenes al “naturalizar” comportamientos de dependencia, adicción a la comparación social y las diferentes manifestaciones de dismorfias asociadas al cuerpo y al rostro. La Escuela de Salud Pública T.H. Chan de la Universidad de Harvard (2021) entrevistó a la Dra. Bryn Austin, una de sus especialistas en trastornos alimentarios quien aseveró que Instagram vende la atención de los usuarios:
La empresa sabe que las emociones negativas intensas, provocadas por la comparación social negativa, captan la atención de los usuarios durante más tiempo que otras emociones, y los algoritmos de Instagram están diseñados expresamente para dirigir a los adolescentes hacia contenido tóxico y así mantenerlos en la plataforma. Para los adolescentes que luchan con problemas de imagen corporal, ansiedad u otros problemas de salud mental, la comparación social negativa es una trampa peligrosa que intensifica su interacción con la plataforma y empeora sus síntomas. Pero con el nefasto modelo de negocio de Instagram, cada minuto adicional de atención de los usuarios —sin importar el impacto en la salud mental— se traduce en mayores ganancias (Harvard, 2021).
La mayoría de las investigaciones publicadas en la última década (Gil, 2017; Padilla y Ortega, 2017; Qtub, 2021; González, 2023; Pereira et al, 2025) confirman que individuos con baja autoestima tienden a ser más susceptibles al uso excesivo de selfies en redes sociales porque los utilizan en la búsqueda por saciar sus necesidades de autoestima o autoafirmación y se sometenen, en algunos casos, al contexto cultural de la recepción de sus selfies como parte de las consideraciones en el proceso de pre y postproducción de los mismos. En este sentido Qutub (2021) es muy preciso en identificar 6 pasos en un modelo que explica el proceso de producción de selfies en mujeres de Arabia Saudita. Este modelo incluye: Motivación, consideraciones pre captura, capacidades o “affordances” de las plataformas de publicación (facilidades para editar, características), personalización para una posible audiencia, reposteo y consideraciones de los códigos/limitaciones culturales específicos.
Muchas veces, la publicación de selfies, que en un principio espera una retroalimentación positiva, más bien se vuelve una fuente de ansiedad ya que la dependencia a las reacciones de los otros tienden más bien a reforzar inseguridades y preconcepciones erradas sobre la apariencia personal. La teoría de la autoverificación de Swan (1983) establece que los individuos formulan autovisiones que someten a verificación y autoevaluación posteriores. Postear selfies es una forma alternativa de confirmar nuestra autopercepción. Si esa verificación no genera comentarios positivos o un número considerable de “me gusta” y, peor aún, genera comentarios negativos, esta disonancia puede facilitar que las personas desarrollen ansiedad social que eventualmente puede desencadenar cuadros de depresión.
India encabeza la lista de países que sufren más muertes debidas a accidentes y lesiones derivadas de comportamientos riesgosos al tomar un selfie, lo siguen Estados Unidos y Rusia (NDTV, 2025). Shome y Kapoor (2019) en un estudio cuantitativo en cuatro ciudades indias confirmaron que quienes publican selfies con o sin filtros o edición muestran un incremento significativo de ansiedad social y pierden confianza en sí mismos por lo que publicar selfies, finalmente deriva en la necesidad de realizarse cirugías estéticas. Muchos de los participantes indicaron el deseo de realizarse intervenciones estéticas para cambiar cómo se ven.
Aunque los estudios en América Latina aún son incipientes en correlacionar el uso excesivo de selfies, niveles de autoestima, ansiedad y depresión, algunos trabajos recientes coinciden con los hallazgos expuestos en este apartado. Por ejemplo, Gil (2017) realizó un estudio con 500 selfies en Colombia (50% hombres, 50% mujeres) y analiza las imágenes y los comentarios asociados publicados. A partir de este análisis construye un modelo para establecer la correlación entre la producción de selfies y la necesidad de reconocimiento.
En el Perú, Padilla y Ortega (2025, 51) analizaron si la adicción a redes sociales estaba correlacionada con la depresión. La investigación se realizó con estudiantes de psicología del la Universidad de Lima Norte y concluye que los jóvenes utilizan las redes sociales para “cubrir la baja autoestima, compensar la carencia de habilidades sociales y el aislamiento usualmente conectado a la sintomatología depresiva.”
La amplificación de la incidencia de selfitis aguda entre estudiantes de secundaria ha sido identificada por Martínez y al. (2025) también en España lo que eleva la alerta de una atención integral a este fenómeno global creciente. Aún más preocupante son los recientes suicidios de adolescentes que interactúan en conversaciones con chatbots de inteligencia artificial sobre sus autopercepciones o sus ansiedades sociales en busca de una conversación profesional saludable.
Ya desde el 2015 Sherry Turkle había advertido en su libro Reclaiming Conversation. The Power of Talk in the Digital Age los riesgos de nuestro romance, su posterior desilusión con la tecnología y su impacto en cómo las nuevas generaciones estaban recurriendo a apps para “desarrollar” empatía o aprender a reconectar en la era de la hiperconectividad. En palabras de Turkle:
Where we one dreamed of robots that would take care of physical vulnerabilities,
now apps will tend to our emotional lapses. If we have become cold to each other, now apps will warm us. If we’ve forgotten how to listen to each other, apps will teach us to be more attentive. But looking to technology to repair the empathy gap seems an ironic rejoinder to a problem we perhaps didn’t need to have in the first place. (Turkle, 2015, 361).
Paradójicamente, una década después no deja de preocupar que de las apps de la web 2.0 hayamos pasado a las inteligencias artificiales como Character.ai para experimentar conversaciones significativas. En el 2024, una madre en el estado de Florida (EUA) denunció que esta plataforma incitó a su hijo hacia pensamientos de ideación suicida que, desafortunadamente, hizo realidad. Swer Seltzer II, de 14 años, se suicidó en febrero del 2024 luego de dos años de intensas interacciones con su chatbot personalizado con quien desarrollaba conversaciones de contenido sexual altamente explícito. (CNN, 2024). Cada día se publican más artículos y documentales que advierten de no utilizar estas tecnologías para establecer relaciones de amistad, compañía erótica o como guía en la toma de decisiones y como sustituto de profesionales en psicología o psicoanálisis.
Hoy, 1 de noviembre del 2025, si ingresamos a Character ai vemos que su slogan se ha modificado sutilmente a IAChat Reimagined. Your Words, Your World, previamente promocionó la app como AI that feels alive. Una vez que se ingresa en la página de inicio, se nos ofrecen más de 10 mil personajes con los cuáles podríamos interactuar y se explica que el registro en la app toma solo 10 segundos… Como adulta, me tomó menos de 5… Las imágenes que acompaña la página previa al ingreso muestran diferentes ilustraciones de siluetas humanas enfocadas desde atrás mirando en solitario paisajes lunares, mundos fantásticos o planetas remotos. Soledad y aislamiento parecen corroborar el slogan en un total autismo social. El 29 de octubre del 2024 Character Ai anunció que no aceptaría más adolescentes como usuarios. Otras apps semejantes que han sido cuestionadas por sus políticas de seguridad y el acceso a menores son Janitor ai, CrusnOnai, Replika, Replika, NovelAi, SillyTavern y SpicyChat.
Según el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD, 2025) en América Latina el incremento de dolencias asociadas a las enfermedades mentales y la depresión se ha incrementado sustancialmente especialmente después de la pandemia de Covid 19. Los habitantes de América Latina y el Caribe superan a otras regiones globales en índices que muestran la prevalencia de trastornos de ansiedad y depresión. Desafortunadamente, las mujeres muestran más vulnerabilidad que los hombres para enfrentar estos retos pues se ven afectadas 1.8 veces más (PNUD, 2025).
Este aumento de la prevalencia de trastornos mentales es un fenómeno multifactorial que se agrava por el abuso del tiempo dedicado a dispositivos electrónicos, redes sociales, el acceso limitado a servicios médicos, la escasez de especialistas y las irregularidades constantes en la distribución de medicamentos psicotrópicos para el tratamiento de estas condiciones. La inestabilidad política y económica de la región también impacta en sociedades con altos índices de violencia doméstica y social, pobreza, tercerización y, no se puede obviar, las violencias y muertes derivadas del crimen organizado extendidas hoy por toda la región. Recientes publicaciones en Estados Unidos (Moore, et al, 2025) y Na et al (2025) advierten que utilizar chatbots como terapia alternativa no solo es ineficiente sino que puede causar daño, estigma y respuestas potencialmente negativas.
Lejos de ser una práctica favorable, el comportamiento obsesivo con los selfies, su edición y publicación ha aumentado el malestar en la cultura digital contemporánea y afectan la salud mental de adultos y jóvenes globalmente. Estudiar sus efectos e implicaciones evidencia las complejas derivaciones de la vida humana entre pantallas donde la soledad nos ha llevado a buscar aliento empatía y colaboración en grandes modelos de lenguaje cuyos mecanismos de seguridad, autocontención y bloqueos siguen mostrando gran debilidad.
Consideraciones finales
Vivimos la condición postfotográfica, la era de la furia de las imágenes, según Joan Fontcuberta, de su exceso y acceso llevados a los extremos. El selfie es el epítome de nuestros tiempos. Lejanos ya a la hazaña del daguerrotipo de “capturar” la realidad en una lámina de plata o a la moderna democratización de la fotografía inaugurada por Kodak y su famoso lema: You press the bottom, We do the rest, vivimos hoy la implosión de la fotografía, su colapso.
Como objetos postfotográficos, los selfies no necesariamente capturan la realidad, son las huellas instantes en fuga, de sentimientos, emociones, una experiencia donde el sujeto se inscribe por encima de lo real, su firma es su rostro. Su hipervisibilidad hace prescindible la realidad de lo representado, es hiperreal. En este nuevo régimen visual, el selfie filtrado o editado excede la realidad. La paradoja del selfie filtrado o editado es representar lo que no existe, la inscripión del deseo mismo sobre un cuerpo inexistente, la huella de una ausencia construida por parámetros digitales que trasmutan carne en píxeles, sometidos a normas, a cánones de belleza occidental que ahondan sus raíces en los ideales de la simetría y la proporción áurea.
En este ensayo se ha evidenciado que lejos de ser inocente, el selfie constituye una nueva práctica de la mirada y una tecnología del yo. Un diálogo con el discurso médico y psicológico evidencia que la condición postfotográfica del exceso del selfie, especialmente del selfie filtrado, puede impactar negativamente no solo la percepción que los individuos tienen de su propio cuerpo sino que puede inducirlos a cuadros de ansiedad y depresión.
El nuevo malestar de la cultura resulta del extremo al que hemos sometido a la representación en el capitalismo tardío. Nos viene del exceso de la imagen, de su acceso, de su proliferación, hiperdistribución y repetición. Si en los tiempos modernos descritos por Freud en su magistral obra, el malestar resultaba de la imposición de la cultura a nuestras pulsiones, hoy, en el capitalismo tardío, el exceso de las imágenes se deriva de prácticas tales como la aplicación de efectos, la imposición de estándares de belleza que cada día cambian más rápido gracias a la industria del cine, la publicidad o la moda, entre otras. Los cuerpos se someten a la tiranía de la imagen, que paradójicamente hemos modificado y glorificado nosotros mismos. Los cuerpos reales se someten a los digitales, las carnes reales se arrodillan ante los CGI (computer generated images). Prácticas de la mirada como el selfie se producen como transparencias, como espejos de nosotros mismos, pero muchas veces, especialmente en el caso de los selfies filtrados, constituyen regímenes de subjetización y sujeción que producen malestares siniestros. La adicción a la comparación de nuestras representaciones en las redes sociales impacta negativamente nuestra autoestima, genera ansiedad y nos hace más vulnerables a desarrollar tendencias suicidas y depresión. Es urgente poner la atención sobre todo en las generaciones jóvenes porque cada día los indicios de baja autoestima, ansiedad social y depresión son afectan a adolescentes. Más investigaciones clínicas y empíricas en América Latina urgen para buscar modelos de atención integral que protejan a los más vulnerables y permitan vivir no solo en ciudades inteligentes, sino ante todo en ciudades educadoras que formen en la empatía, en solidaridad y en un diálogo contra la soledad y el silencio.
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Autora:
Vanessa Fonseca González Universidad de Costa Rica, Costa Rica
Directora: Lic. Roxana Meygide de Schargorodsky
Secretaria: Dra. Gladis Mabel Tripcevich Piovano
Colaboradores: Lic. Fanny Beatriz Felman, Dr. Gustavo OsvaldoCorra,
Los descriptores han sido adjudicados mediante el uso del Tesauro de Psicoanálisis de la Asociación Psicoanalítica Argentina
Presidenta: Dra. Rosa Mirta Goldstein
Vice-Presidente: Lic. Azucena Tramontano
Secretario: Lic. Juan Pinetta
Secretaria Científico: Dr. Marcelo Toyos
Tesorera: Dra. Mirta Noemí Cohen
Vocales: Lic. Laura Escapa, Lic. Jorge Catelli, Lic. Silvia Chamorro, Mag. Perla Frenkel, Lic. Gabriela Hirschl, Lic. Silvia Koval, Lic. Liliana Pedrón