Intersecciones

Nuevas realidades - Intersecciones con la narrativa

Diego López de Gomara
Diego López de Gomara

El hombre sonrió, ella lo miró. El hombre salió a caminar, ella lo siguió. El hombre prendió un cigarrillo, ella dijo que el humo molestaría. El hombre compró una revista, ella dijo que no era interesante, que se equivocaron y que habría sido mejor llevar la otra. El hombre tosió, ella se apartó con un resalto. El hombre miró al cielo, ella dijo que no era el mejor de los días para salir a esparcirse. Volvieron a la casa.

Entre cuatro paredes, sin poder expresar sus sensaciones a nadie, comenzó a pensar en su vida, en lo que hacía todos los días, en lo que le gustaría hacer, en todas sus posibilidades no vivenciadas; ella le había dicho que eran enormes y no debía olvidarse de ninguna. La mujer lo interrumpió, le ofreció un té de una nueva hierba, le preguntó qué pensaba.

Trabajó hasta bien entrada la noche.

Le dolía la cabeza, le estallaba; mientras buscaba una aspirina y ciertos papeles, abría cajones, cambiaba los objetos de lugar, desordenaba. De repente, ella llegó desde no se sabía dónde, le habló silenciosamente, casi sin palabras, parecía hacerlo a lo más íntimo de su ser, y puso orden y le recordó dónde estaba lo que necesitaba.

Llamó a su amigo, a su amigo de toda la vida; quedaron en encontrarse al día siguiente, en un café muy aireado del conurbano que los protegería de cualquier contagio y de cualquier pandemia; quería contarle sus cosas, ver si podía hablar de sí mismo y mientras hablara entenderse. Bajó del auto. Ella estaba allí, entre las mesas, de sorpresa, esperando. ¿Cómo habría llegado? ¿Cómo polizonte? ¿Oculta en qué espacio? Hablaron los tres largamente, aunque él fue quien más escuchó. Después, ya solos, mientras volvían en el auto y él manejaba, ella le daba sus impresiones sobre el encuentro y lo que habían conversado; lo hacía con precisión y perspicacia, mucha perspicacia acorde a su naturaleza; lo criticó mucho, le dijo cosas terribles, lo denigró. Él sintió que no servía para nada.

Habitualmente pensaba en separarse, en alejarse, en no verla nunca más, pero no podía. Era responsable de lo que le pasaba, se hacía cargo, en el cien por ciento; había decidido, ya hacía mucho tiempo, en un momento de lucidez, no echarle culpas a nadie, y mucho menos a la mujer, de lo que sentía.

Se despertó temprano a la mañana, no había ruidos, recién minutos atrás el portero había pasado el diario por debajo de su puerta. Le gustaba sostener esos hábitos de un mundo antiguo. Era su momento de placer, casi el único bastión. Mientras el agua de su desayuno se calentaba, y ojeaba las noticias, escuchó pasos. Miró hacia atrás y la vio parada, con su bello camisón, se desearon un buen día. Luego terminó de preparar sus tostadas y recordó el sueño que había tenido.

Entró a una librería, después a otra, y así transcurrió toda la tarde. Finalmente consiguió ese texto perdido y que ahora tan preciadamente buscaba. Le costó una pequeña fortuna. Volvió caminando sonriente, casi feliz. Abrió la puerta de su casa, y tuvo un momento de parálisis; allí, en ese rincón de la biblioteca estaba el libro. Antes invisible y ahora reluciente, ella se lo señalaba con cierta crítica. Algo feo, mezcla de sensación y palabra, recorrió su cuerpo. Pensó en separarse, pero no podía.

Fueron a cenar a un restaurante excelente, buscaban una sensualidad; podría ser la fecha de un nuevo aniversario; fecha tan antigua, pensó, como su propia existencia; ella pidió y le eligió la comida, el postre y hasta los petits fours para el café. Le decía, cual si fuera un niño, lo que le tenía que gustar y lo que no, cuál era la realidad, en qué se debía creer.

Cada año que pasaba era peor, ella avanzaba, y cada vez se encontraba más lejos de sí.

En los tiempos anteriores a la pandemia viajaba lejos, muy lejos; a lugares donde había tanta gente que era fácil fundirse con los demás seres humanos y perder la identidad; a lugares tan solitarios donde ya ni sería difícil olvidar.

Ella lo acompañaba siempre, le organizaba los recorridos, las fechas y los horarios. Saltaba de la nada a armarle la vida, a romperle los espontaneísmos y a recordarle quién era. Cuanto más se alejaban más sentía su presencia. Más solos, catastróficos, y juntos quedaban.

-¿Solo a mí me pasa esto? Pero, ¿buscar sosiego en el mal común? ¿Y a los que no les pasa? ¿Cómo hacen? ¿Qué son?

Cuando estaba en su país trabajaba intensamente, de la mañana a la noche, apenas dormía. Era importante lo que hacía. No podía correr riesgos. Muchas veces, casi siempre, aparecían puntos oscuros de difícil resolución, obstáculos que no le permitían avanzar y realidades exteriores complejas que lo mortificaban. Ella, allí, en esos casos, donde el problema mundano aparecía inmenso, lo calmaba y le hacía encontrar una nueva perspectiva. Era una salvación, mejor tenerla que no. ¿Qué haría si ella no fuera así? Tan perfeccionista. Sin embargo, aliviado el problema del mundo, aparecía la rabia entre ellos.

Alguien que lo conocía demasiado -esos hermanos del alma que algunas personas tienen, compañeros de la niñez y de muchas peripecias- con certeza de él afirmaba: “Nunca se separará de ella. Nunca. No creo que pueda. Ya no sería él. Es lo bueno y lo malo de su vida”.

El fin de semana comenzó lloviendo al bies, decidieron quedarse en la casa. Sólo salió brevemente, a comprar un bloc de hojas, para escribir esa especie de autobiografía que le habían pedido; ella quiso acompañarlo, volvieron mojados y cantando entre truenos con el bloc de hojas bajo su impermeable. Se sentó en su sillón Berger, estuvo varias horas concentrado, consumiendo papel y memoria; luego aparecieron las dudas, los nombres que podían estar equivocados, las ciudades que podrían ser otras, las fechas que habrían mutado, los sucesos que no habrían sido tan así. Ella, que durante ese tiempo había mantenido una prudente distancia, al verlo de esa forma, con un gesto de vacilación en el rostro y con el lápiz alejado del papel, se fue acercando. Sabía lo que había sido escrito -aún mejor que él- y cuáles eran los errores. Ella sabía la verdad. Se la dio y entre ambos corrigieron todas las imprecisiones. Después, con una mezcla de enojo y depresión, fue al balcón; vio unos pájaros volar y tuvo la recurrente fantasía de tirarse. Ella le dijo que no lo hiciera, cómo se atrevía a no valorar la vida, ¿y todo eso que está escrito? ¿qué quería matar? Él, como tantas otras veces, le hizo caso.

Una vez, una noche más en la que no podía dormir, mientras daba vueltas en la cama, sintió la vigilia de ella, su eterno despertar; siempre pendiente de todo, de sus más mínimas inquietudes y movimientos. Fue a la cocina, esperando dejarla en la cama, acercó un cigarrillo a su boca, sabía lo mal que le hacía para su salud, y ella, que se había adelantado a sus pasos, con una serena sonrisa no lo detuvo sino que se lo encendió. Tuvo miedo, mucho miedo.

Siempre le tenía miedo, demasiado miedo, pero nunca se lo confesaba. Sí casi ni la conocía.

Los primeros años de la relación con Judith habían sido poéticos idílicos, ella había sido la promesa del amor que cura. La pareja como una promesa de sanación. La esperanza duró solo un tiempo. Nada hacía aventurar lo que vendría después, las sensaciones aterradoras que volverían amplificadas, los sentimientos ominosos tan exacerbados. Ya no recordaba el momento en el cual el placer y el amor se transformaron en algo momentáneo y dejaron volver al espanto. Habría sido una transición muy sutil.

Nadie que lo viera desde afuera podría suponer que él podía agachar la cabeza. Sus pares y subordinados no le temían pero si lo respetaban. Y muchos, sin que él lo supiera, incluso lo querían. Pero ella nada. Él utilizaba frases hechas, para comprender la situación, llamaba al humor y se reía de sí; nadie es profeta en su tierra, se decía. Pero ¿qué tierra? ¿Cuál es el espacio a conquistar?

Por desgracia, esos momentos más risueños y prospectivos, le duraban poco. Ella acechaba cualquier risa y bienestar duradero.

Atravesaron convulsiones económicas, plata dulce, desbordes sociales, guerras, crisis de inseguridad, pandemias, desempleo, mudanzas, nuevas tecnologías y cambios en las costumbres. Lo estable, ya sea en su país o en el mundo, era el cambio de la realidad, la mutación de las formas. Pero su presencia no se iría.

Un día, sin embargo, no sabiendo bien por qué, algunos dirían que algo tuvo que ver las palabras que le dijo ese hombre sobre el sueño pesadillezco que le había contado, se despertó cambiado, diferente. “Ya no tardará en aparecer”. A su lado su mujer todavía dormía. La miró y pensó cuánto la quería y cómo lamentablemente, más allá de él -por culpa de ella, con seguridad; y ahí la culpa sí valía- la había desatendido mucho tiempo. Sus hijos, dos varones, ya se habían levantado y se alegraron al ver a su padre que rebosaba de buen humor. ¿Había cambiado su realidad? Él les propuso darle una sorpresa a su madre. Los tres juntos, ese sábado por la mañana, fueron a comprarle un regalo que al entregárselo le gustó mucho. Tuvieron un buen momento.

Durante un largo tiempo, aunque no por el resto de su vida -esporádicamente aparecía y hasta con furor, nadie serio se atrevería a darla por terminada- ella, esa presencia interna, esa cosa psíquica, lo dejo en paz, lo molestó menos.

Autor:

Diego López de Gomara

Directora: Mirta Goldstein de Vainstoc

Secretario: Jorge Catelli

Colaboradores: Claudia Amburgo

José Fischbein

María Amado de Zaffore

ISSN: 2796-9576

Los descriptores han sido adjudicados mediante el uso del Tesauro de Psicoanálisis  de la Asociación Psicoanalítica Argentina

Presidenta: Dra. María Gabriela Goldstein

Vice-Presidente: Dr. Rafael Eduardo Safdie

Secretario: Dr. Adolfo Benjamín

Secretaria Científica: Lic. Cristina Rosas de Salas

Tesorero: Dr. S. Guillermo Bruschtein

Vocales: Dr. Carlos Federico Weisse, Dra. Leonor Marta Valenti de Greif, Lic. Mario Cóccaro, Dr. Néstor Alberto Barbon, Psic. Patricia Latosinski, Lic. Roxana Meygide de Schargorodsky, Lic. Susana Stella Gorris.